Perdido en el campo
El mejor Barça de la historia enterró a el pasado miércoles, en Mestalla, un ciclo triunfal de seis años y 16 títulos. Una decadencia que empezó ya hace dos temporadas y que puede explicarse a través del comportamiento de un jugador.
Es cierto que, desde que se lesionó el bíceps femoral, no ha vuelto a ser el mismo y también que, a la vuelta de la esquina, hay un Mundial que nunca ha ganado. Pero lo que le pasa a Messi es mucho más sencillo que todo eso.
Ni está acabado ni juega mermado ni su cabeza está ya en Brasil. El mejor futbolista del planeta ha acabado por aburrirse entre tanta mediocridad. Ha pasado de disfrutar como un niño en el recreo, a tener que buscarse la vida en cada partido.
Antes era la estrella del mejor equipo de la historia. Ahora, jugar en este Barça es como hacerlo con la vulgar Argentina, pero, además, dos veces por semana. Es como si ahora le obligaran a ir cada día a la oficina.
Messi solo tiene 26 años. Así que, o el club se sienta con él, la renueva por enésima vez y le construye un nuevo equipo a su medida o debe venderlo.