En las patas de un perro callejero
Las calles de Panamá están llenas de un movimiento económico, desde la informalidad de los buhoneros hasta los grandes edificios donde se manejan los más importantes negocios, pero en medio de ese crecimiento están los perros callejeros, que mueren de hambre ante la mirada cruel del ser humano.
No pidió nacer, no tiene noción del día o de la hora, pero un perro callejero sabe que debe comer y eso implica caminar de basurero en basurero por toda la ciudad.
Si encuentran algún bocado, la única forma de bajarlo es con el agua sucia y con olor a excremento que corren por algunas calles de Panamá.
Son las 11:30 a.m. y como si lograran entender que está llegando la hora de almuerzo, algunos de ellos se colocan cerca de las fondas y restaurantes con la esperanza de que alguien de buen corazón les lance un suspiro de vida a través de un hueso o pedazo de carne.
Durante el día son presas fáciles de los autos y su cadáveres quedan en la esquina de cualquier vía; o de la lluvia, que les da un baño de vez en cuando porque muchos no tienen dónde pasar la tormenta.
Los orates los hacen sus compañeros de vida, algunos humanos los desechan, pocas organizaciones luchan para que sean valorados y encuentren un lugar seguro, pero al final sigue viviendo una vida de perro, tratando de sobrevivir hasta el siguiente día.
La Ley 70 de 12 de octubre de 2012 dicta medidas de protección a los animales domésticos, reforma normas penales y adopta disposiciones para mantener un trato digno a los animales domésticos.En Panamá, por año, pueden nacer unos 40 mil perros, muchos terminan abandonados en las calles.