La vida es dura para los indigentes
Con ropa sucia, larga barba y "chécheres", un hombre de tez negra se pasea por las calles de la ciudad capital, el mal olor que sale de su cuerpo hace que muchos se alejen de él al tenerlo cerca.
Su recorrido comienza cuando su cuerpo fatigado puede tomar fuerzas para caminar; él intenta cubrir sus agrietados pies con unas chancletas viejas, pero aun así sus pies sufren por el calor del día y decide recostarse un rato más; ese día, sin duda, sería difícil para él buscar latas para vender, ya que a simple vista una posible enfermedad se lo impedía.
Bajando por Santa Ana, cerca de las oficinas de la Lotería, un hedor a podrido se mezcla con el olor a comida de fonda de los chinos, es un hombre joven que, según algunos, vive a un costado de la vía, pues su pierna podrida no lo deja caminar y vive de las limosnas que le dan los residentes, visitantes y turistas.
Allí mismo, donde la gente hace largas filas para abordar un "pirata" hacia Panamá Oeste, una pareja parece haber creado su recámara debajo del puente; colchones, pailas y sábanas los acompañan, aunque malhumorados dan miradas amenazantes a todo aquel que intenta acercarse.
Inocencio, sin recordar su apellido, dice, de manera grosera y caminando rápidamente para alejarse: "quemo cobre, vendo latas y hasta hurto, así vivo todos los días, sin casa y sin rumbo".
A través de la alianza se realizará un trabajo coordinado para brindar atención a este grupo de personas que vive en condiciones infrahumanas, debido a la indigenciaA pesar del crecimiento económico de la región, casi la mitad de los habitantes rurales son pobres y cerca de un tercio son indigentes.