Los catadores
Elaine da Silva Moraes se desplaza entre montañas de telas, espuma de goma y plumas que minutos antes eran parte vital de los deslumbrantes desfiles del Carnaval de Río de Janeiro.
Los trajes usados por las escuelas que desfilan por el Sambódromo le dieron al Carnaval fama mundial. Pero tienen una existencia corta. Y muchos de los miles de miembros de las escuelas se deshacen de sus trajes apenas concluida la fiesta, dejándolos tirados en la calle junto a latas de cerveza, botellas de agua y otros desperdicios. Es entonces cuando entran en acción Moraes y cientos de catadores como ella para quienes el Carnaval es una bonanza anual. Luciendo una prenda confeccionada con varios trajes que rescató, Moraes llenó varias bolsas de plástico con sus tesoros: plumas, sostenes, arreglos para la cabeza y costosas telas que revende o usa ella misma para crear prendas.
Los catadores, entre los que figuran niños pequeños, trabajan rápidamente, adelantándose a los recolectores de basura de la municipalidad que limpian las calles y tiran todo en camiones compactadores. Piensan que estamos locos, dijo Moraes, apuntando con una espada de plástico a sudorosas personas que salían del Sambódromo.