Impacto | 06/25/13 21:18

Bruno se siente apartado de su familia, pues, por el trabajo, pasa tiempo sin verlos . Fotos: JESÚS SIMMONS

Jesús Simmons /

Padres



Agapito Urriola, de 51 años, e Isabelita, de 49, son los padres de Bruno y viven de la agricultura.

Con ganas y sin poder. Mientras muchos jóvenes en la ciudad capital tienen uniformes, útiles y van en busito colegial a la escuela, en la comarca Ngäbe Buglé muchos niños desertan del sistema educativo para trabajar y así ayudar económicamente a sus padres.

Este es el caso de Bruno Urriola, de 24 años, quien vive en Los Guarumos, en la comarca Ngäbe Buglé. Su pequeño tamaño y su frágil cuerpo son evidencias de que pasó hambre de niño.

“Me salí de la escuela porque el dinero no alcanzaba para el presupuesto de una escuela”, y es que su familia está compuesta por 10 personas. Así que Urriola dejó sus cuadernos y se fue a trabajar en una melonera en Los Santos, donde le pagaban $2.00 la hora.

En la actualidad, está en la ciudad de Panamá, laborando en la bodega de una reconocida cadena de supermercados, pero lo poco que gana no le alcanza, pues tiene que enviarles dinero a sus padres y a sus hermanitos Anadelkis, de 10 años, quien está en quinto grado y Osvaldo, de 12, quien está en sexto.

Sus hermanas María Isabel, de 15, y Juana también tuvieron que dejar la escuela.

“Deseamos seguir estudiando, pero no podemos”, dijo algo nostálgico, pues quiere ser ingeniero agrónomo o sacerdote, mientras que María Isabel sueña con ser maestra y Juana quería ser abogada.

A pesar de que la pobreza los obligó a desertar de la escuela, los Urriola son muy educados, hablan con respeto y en sus corazones albergan la esperanza de volver a las aulas y así convertirse en los profesionales que quieren ser.