Por:
Elizabeth Muñoz de Lao -
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Domingo 29 de julio de 2012 07:42 PM

¿Recuerdan aquellos días en que cuando se cumplían los 18 años se llamaba a algunos amigos por teléfono o se les invitaba personalmente a una fiestecita, y solo iban los invitados? Para hacerlo, debías saberte sus teléfonos o sus direcciones. No era ningún problema.

Todos iban con su regalo, llegaban temprano y comenzaba una agradable tertulia. El brindis corría por cuenta del cumpleañero, a menos que fuera una fiesta sorpresa. Si invitabas a 50 personas, iban 50 personas, bueno, alguno que otro paracaídas llegaba por medio de un amigo que, previamente, avisaba que lo llevaría. Comenzaba la fiesta, se bailaba, se bebía y se degustaban las viandas. Al finalizar el festín, calabaza, calabaza, cada uno pa’ su casa.

Hoy es muy distinto. Y lo digo con conocimiento de causa. El sábado, mi hijo pequeño, muy popular por cierto, cumplió 18 años. Como la situación económica está "delgadita" --como dice mi esposo-- le dije que solo invitara a los amigos más cercanos, que no debían sumar más de 30 personas, incluida la familia. Yo preparé una comidita y compré... ¡sodas! ¡Qué ingenua!

Bueno, él, tal como dicta la moda de hoy, lo puso en su Facebook y en su BlackBerry. ¿Qué creen que pasó?

¿Recuerdan aquel comercial de El Machetazo, en el que el dulce era minúsculo y el niño cumpleañero había invitado a un montón de chiquillos? Bueno, ni más ni menos, eso fue lo que me ocurrió.

Sin embargo, contrario a lo que hizo la madre de aquel comercial, de ir a comprar más viandas, yo me quedé pasmada con lo que muchos jóvenes trajeron a la fiesta. Ellos llegaron debidamente pertrechados. Pero eso no me impresionó tanto como la cantidad de gente que llegó.

A mí no me quedó más remedio que estar pendiente de que todos se comportaran y de que no subieran el volumen de los equipos de sonido de los autos. Sí, de los autos. Allí no había un "componente" como en mis tiempos. El equipo de sonido de mi casa ni siquiera se usó. Todos se congregaron en grupos a oír música y a mover sus cuerpos sin bailar en parejas, mientras yo me dedicaba a llevarles comida.

Cuando me sentaba, llegaba otro a pedir su plato. Gracias a Dios que alcanzó mi humilde comidita.

¿Se dan cuenta de que ya se acabó la era de los cumpleaños en familia? Si alguien lo pone en su Facebook o Twitter, créanme que de familiar su fiesta no tendrá nada. Los que ahora tienen sus hijos chicos, deben prepararse para lo que viene. Hoy, los padres pueden controlar sus fiestas de cumpleaños; mañana será casi imposible.

Bueno, para acabarles el cuento, mi hijo se divirtió y nosotros también. A las dos de la mañana le pedí que parara la fiesta porque no me gusta molestar a los vecinos. A las 2:30 ya casi todos se habían ido, pero no para sus casas. Se fueron a otra fiesta que habían visto anunciada en Facebook. Así de sencillo. ¡Cómo cambian los tiempos!

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