La portavianda bailaba al compás del movimiento de la bicicleta, una vieja panga roja que había visto días mejores.
La guindaba en el manubrio para poder usar las dos manos al manejar.
Cada mediodía, la rutina se imponía. Con unos pantalones cortos, camisa sin mangas, medias y zapatillas robapollos pedaleaba por la calle del barrio La Esperanza hasta llegar a Desarrollo Agropecuario, S.A. (DASA), en la vía Interamericana, en Penonomé.





