Aquel 17 de marzo, muchas personas vieron cómo la muerte hizo de las suyas en un tranquilo barrio de la capital. Se aprovechó de la oscuridad y tras el ruido de varios disparos, huyó. Pero antes de irse, además de dejar dos cuerpos regados sobre un flaco asfalto, esparció varias esquirlas de dolor.
Es domingo, de noche, el reloj apunta hacia la hora 7:00 en una esquina de Villa Grecia. Mientras Jimmy Anthony González destapa los mejores recuerdos de la infancia, a un kilómetro, dos agentes, con 6 meses de experiencia, ajustan sus botas.





