Hace unos días, instalando el arbolito de Navidad, me di cuenta de que la base para sostenerlo se había roto.
No tenía tiempo de ir a comprar otra y decidí ingeniármelas para colocarlo.
Hallé en el patio un pote grande de cemento y le pedí a mi hijo que me ayudara a lavarlo, pues el agua y la tierra dejaron sus huellas en él.
Mi hijo estaba molesto. No le gustaba la idea de lavarlo porque le daba asco embarrarse las manos de lodo. Para él era más fácil ir a comprar otra base.





