Ya me resigné a que mi casa no esté inmaculada, que los tapetes no estén sobre los sillones; que las mesitas que antes adornaban mi sala ahora estén archivadas en el estudio; que los adornos también estén archivados y que cuando entro en las noches al llegar de trabajar, corra el riesgo de tropezarme con cuanto juguete haya usado mi nieto para divertirse.
Nunca como ahora recuerdo el dicho de mi suegra: dichosas las paredes rayadas por niños... eso quiere decir que están sanos.





