Hace muchos años que un sargento de batallón increpaba duramente a unos cuantos soldados que no podían sacar un coche atascado en el barro. De pronto se presentó allí un hombre alto y flacucho. Vio la situación y le preguntó al sargento por qué no les ayudaba.
-¿Por qué he de hacerlo? Soy el sargento, contestó este con altanería.
Sin pérdida de tiempo el hombre alto y flacucho se despojó de su chaqueta y se puso a ayudar a los soldados a sacar el coche del sucio barro. Cuando se terminó la tarea, se lavó las manos, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el sargento:





