Rebecca estaba sentada en el parque. En las manos tenía un Nuevo Testamento y sus ojos controlaban los movimientos de sus dos niños que jugaban. Su vecina, Amanda, estaba cerca de ella, oyéndola atentamente, mientras Rebecca le hablaba del evangelio.
Mi problema es que no entiendo cómo Dios puede amarme y conocerme. Tú dices que escuchas la voz de Dios y que yo también la puedo escuchar. ¿Cómo puede ser eso? Yo no oigo nada.
Bien, dijo Rebecca, vamos a hacer una prueba. Quiero que llames a mi hijo Rodrigo. Está allá en los columpios.





