Aquel 3 de octubre de 1989 regresaba yo de trabajar en el IDAAN. Vivía en Vía Porras, por lo que iba caminando hacia mi apartamento, cuyo balcón daba a la calle.
De pronto alcancé a ver una cabecita que brincaba y decía: el que no brinca es sapo, el que no brinca es sapo.... Tenía varios rollos de papel higiénico guindados en el balcón.
Era mi hijo, a la sazón de ocho años, que celebraba desde su inocencia la supuesta caída de Manuel Antonio Noriega tras el golpe militar encabezado por Moisés Giroldi. Ya a la vía Porras se acercaba la caravana desde la calle 50.





