Los momentos de felicidad llegan a cuentagotas. Si en la niñez comprendiéramos que es en esa etapa cuando más podemos disfrutar, no nos apresuraríamos a querer ser grandes para tener cédula, trabajar e irnos de casa.
Lástima que eso lo entendemos cuando somos adultos y ansiamos volver a ser niños. Qué dicha es depender de nuestros padres y que nada nos preocupe, más que dedicar todo nuestro tiempo y esfuerzo a jugar, comer y dormir.





