"Él no andaba en nada malo". El dolor que embargaba a Elvira Hernández era desgarrador; con fuerza se agarraba de una de las esquinas del centro de salud de San Isidro mientras veía el cuerpo de su hijo Salvador Macre, de 16 años, acostado en una camilla y arropado con una sábana blanca.
Más destrozado estaba Salvador Macre padre, pues le tocó cargar esa camilla que introdujo en el carro fúnebre del Ministerio Público, al que todos llaman "la lechuza".





