Dios no castiga palo, castiga lengua, dice mi mamá. Tiene razón.
Dentro de poco entraré al club de las abuelas y ya padezco de una enfermedad llamada abuelazón.
Hace solo un año, mi manera de pensar, que repetía en voz alta una y otra vez, era que cuando tuviera a mis nietos quería que fueran a visitarme por dos horas, durante las cuales yo los consentiría, y luego se irían para sus casitas porque yo quería tener paz y tranquilidad.





