Visitando una leprosería en una isla del Pacífico me sorprendió que, entre tantos rostros enfermos, un anciano de ojos claros y luminosos, aún sabía sonreír y siempre decía «gracias» cuando le ofrecían algo. Entre tantos «cadáveres» ambulantes, solo aquel hombre se conservaba humano.
Cuando pregunté qué era lo que mantenía a este pobre leproso tan unido a la vida, me dijeron que lo observara por las mañanas.
Y vi que, apenas amanecía, aquel hombre acudía al patio que rodeaba la leprosería y se sentaba enfrente del alto muro de cemento que la rodeaba.





