Estaba sin trabajo allá por 1991, cuando una amiga me consiguió uno como asistente en una escuelita de La Gloria, en Betania.
Solo fueron unos meses de trabajo arduo y de mucha responsabilidad, pero aprendí que de los niños también se aprende (valga la rebuznancia).
Había uno de ellos que para mí era especial. Se llama Rodrigo Riba. Jamás lo volví a ver y supongo que no sabe quién soy, sin embargo, había algo en él que me llamaba la atención: nunca quería hacer la fila para subir las escaleras que llevaban al salón de clases. En buen panameño, se retacaba.





