Alrededor del año 335 a.C., al llegar a la costa de Fenicia, Alejandro Magno debió enfrentar una de sus más grandes batallas.
Al desembarcar, vio que los soldados enemigos superaban tres veces el tamaño de su ejército. Sus hombres tenían miedo y no encontraban motivación para enfrentar la lucha: habían perdido la fe y se daban por derrotados.





