V isitando un centro donde había personas con lepra, me sorprendió que, entre tantos rostros muertos y apagados, hubiera alguien que había conservado unos ojos claros y luminosos que aún sabían sonreír y que siempre decía «gracias», cuando le ofrecían algo.
Entre tantos «cadáveres» ambulantes, solo aquel hombre se conservaba humano.
Cuando pregunté qué era lo que mantenía a este pobre leproso tan unido a la vida, me dijeron que lo observara en las mañanas.





