De veras no entiendo cómo alguien en su sano juicio quiere ser presidente de...
Ricardo Martinelli.
Ricardo Martinelli, expresidente de Panamá. Foto/Archivo
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Por: Redacción/Web
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Domingo 11 de marzo de 2018 07:30 PM
De veras no entiendo cómo alguien en su sano juicio quiere ser presidente de Panamá. De haberlo sabido de antemano, hubiera abandonado mi campaña política una vez quedé detrás de la ambulancia en el 2004. Durante tu mandato tortuoso y caro para llegar a ser electo, pasas por una serie de sacrificios no muy gratificantes, pues abandonas a tu familia, tu vida personal, expones tu seguridad a diario, estás en la boca de todos, a veces para bien, pero generalmente para mal, te acusan y responsabilizan de lo que es y no es, la gente te adula y a la misma vez te odia, eres el hazmerreír de los caricaturistas, pero jamás de entretenimiento, o el chivo expiatorio de todo.
 
Eres la excusa de los infieles; si tienes dinero y compras algo, debe ser con dinero robado; debes aguantar las malas crianzas e insultos de todos por las redes sociales; todas las ofensas, y si contestas, te dan con un palo.
 
Los copartidarios esperan retribución por su apoyo, igual los donantes, manzanillos y círculo cero, ¡ah!, y la familia. Tus horarios son muy exigentes, trabajas mucho, cobras poco, pero con una grande partida discrecional. No gozas las fiestas, ya que te toman muchas fotos, te hablan muchas alelazones, recibes gente y embajadores aburridísimos que solo hablan paja o te piden favores. Igual hacen todos los que quieren invertir, que quieren sus permisos para ya. Los copartidarios quieren puestos públicos, igual familiares que desean consulados. Los enemigos te piden clemencia; los religiosos, plata; los funcionarios, promociones; los doctores, nombramientos, etc. Si engordas, te critican y sacan la peor foto. Como no hay celebridades en Panamá, tú eres la celebridad. Te preguntan de todo y acusan de todo. Estás en todos los negocios, usan tu palabra para otros conseguir prevendas sin tú tener conocimiento. En fin, eres un prisionero de lujo.
 
Si vas en una caravana y te pasas a los demás, esto emberraca a los conductores. Todos ahora te toman fotos y las sacan en sus redes, te dan muchos papelitos pidiéndote algo o números para que los llames. El Gabinete no se celebra sin ti y nada empieza si tú no llegas. Siempre debes estar reído; si viajas, tu itinerario y gustos son de dominio público, todos te critican, hablan de ti e igual sucede con tu familia.
 
Te echan la culpa de los tranques, los huecos en la calle, la falta de agua, cada vez que se va la luz, los impuestos, cuando no recogen la basura, las largas filas en el aeropuerto, aduanas, correos, tránsito, hospitales, cuando no hay citas o medicamentos. Están pendientes de qué haces, con quién hablas, quién va contigo, etc.
 
Me puedo quedar dando más ejemplos, pero para qué. Si yo hubiera sabido lo ingrato del puesto, jamás lo hubiese hecho. Ahora al salir te persiguen, inventan, fabrican, cuestionan, y eres el responsable, aun después de salir, de todo. ¿Para qué gente decente desea tal embrollo? No me arrepiento de haberlo hecho ni de haber sido, pero sí lamento lo ingrato del cargo. Cambiamos Panamá y demostramos que sí se pueden hacer las cosas, ya sea el metro, el Canal, aeropuertos, carreteras, corredores, mercados, etc. Pusimos la barra bien alta para que otros la superen.
 
Me metí a presidente porque estaba aburrido, y los que habían sido no los hubiera contratado ni para administrar un pequeño negocio; simplemente eran políticos, no empresarios, aunque al final todos salieron siéndolo.
 
Quiero salirme de esto, no veo el momento, pero esto es como la mafia, una vez adentro, es difícil salirse, pero aun así, debo hacerlo, por mi bien y el de mi familia. Doy las gracias por otros haberse llevado el partido, siempre estaré con ellos, quién sabe, ya no en primera fila, pero sí bien cerca porque, aunque quiera, no me dejan salir al continuar la persecución política contra mí, mi familia, negocios y copartidarios. Es injusto lo que nos hacen, no se respetan las leyes ni el debido proceso.
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