En un monasterio budista había dos discípulos. El primero, solía pedir al abad que le dejara salir del convento para ver el mundo y en él, poner en práctica su zen. El otro se contentaba con la vida monástica y, aunque le hubiera gustado ver la tierra, no le creaba ningún afán.
El abad pensó un día que, tal vez, los tiempos eran maduros para que los jóvenes monjes fueran puestos a prueba. Les convocó, anunciándoles que había llegado el momento de que se fueran por el mundo durante todo un año.





