La prudencia es una de esas virtudes de las que apenas se habla y que resulta ser una clave en el dificilísimo arte de ordenarnos rectamente en nuestra relación con el prójimo.
No nacemos prudentes, pero debemos hacernos prudentes por el ejercicio de la virtud. Y no es tarea fácil.
El pensamiento puede descarriarse como se descarría la voluntad, porque está expuesto a las mismas pasiones y a los mismos condicionamientos. Pensar y bien exige una gran atención, no solo sobre las cosas, sino principalmente sobre nosotros mismos.





