Al final de un paseo Manuel y Luis, dos amigos cristianos, llegaron a una colina que se imponía sobre un próspero y largo valle. Asombrados por la belleza del paisaje, se detuvieron. Todo parecía tranquilo, pero Manuel, un tanto preocupado, dijo a su amigo:
Estoy contento de conocer al Señor que creó estas maravillas, pero ¿qué responder a quienes nos dicen fríamente: Si hubiese un Dios, no permitiría el sufrimiento?
Luis se quedó pensativo, con la mirada fija en el horizonte, pero acabó respondiendo:





