El sueño de todo atleta panameño, que se prepara intensamente por cuatro años, alejado de fiestas y todo tipo de distracciones, es la de competir en unos Juegos Olímpicos y aspirar por una medalla.
Hago énfasis en competir porque dentro del Comité Olímpico de Panamá (COP), que preside Camilo Amado, insisten en emplear la palabra participar, lo que para mí no es más que un disfraz a la medida, bien planchado, para esconder la palabra fracaso, que se debe utilizar, sin miedo, cuando no se alcanza un objetivo.
Precisamente, durante ese periodo de entrenamiento, ya cuando el atleta tiene la marca en su bolsillo para competir en los Juegos Olímpicos, viaja al extranjero con miras a internarse en una base de alto rendimiento, con tal de elevar su nivel de competencia.
Durante ese tiempo, el atleta, incluso, sacrifica a su familia y ese amor inigualable que solo encuentra en su hogar.
Pero es lógico, cuando el deportista se decide a tomar ese camino, es consciente de que se le presentarán todos esos sinsabores. Conoce de que encontrará miles de obstáculos, pero también sabe que todo ese sacrificio podría traer una gran recompensa cuando salte al campo de batalla a representar los colores de Panamá.
No nos llamemos a engaño. Detrás de todo ese sufrimiento sí existe hoy un apoyo económico, en busca de que el atleta solo se concentre en un 100% en su preparación, tal como sucedió con los nuestros que se dieron cita en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.
Ya con un acondicionamiento físico adecuado y los Juegos Olímpicos dándole la bienvenida, al atleta solo le queda entregarlo todo. Hacer que cada gota de sudor y sangre derramada sea recompensada, pero no apuntando a participar, sino a competir. Clavar sus ojos en lo más alto, en el medallero olímpico. Ese debe ser el objetivo y por este debe morir en el intento con tal de alcanzarlo.
De no lograrlo, lo ideal sería mejorar su tiempo, ese el que al final lo lleve a sentirse orgulloso, en un claro mensaje de que la inversión económica que se hizo, sumándole las horas de sacrificio, valieron la pena.
Pero esto no sucedió con la mayoría de los atletas panameños en Río 2016, y a Camilo Amado y comitiva les cuesta aceptarlo.
Hoy no aceptan que, en forma general, se fracasó. Cambian esta palabra por insatisfacción.
Increíblemente, como para seguir disfrazando la palabra fracaso, cometen el error de darse golpes de pecho por el hecho de que Panamá asistió a Río 2016 con una delegación de 10 atletas, la segunda mayor en su historia, igualando la de Tokio 1964, cuando es de conocimiento público que solo cuatro de estos atletas conquistaron su boleto por clasificación directa. Aclaro que la esgrimista Eileen Grench asistió a Río 2016 porque la dueña del cupo fue descalificada.
Tampoco es para sentirse orgulloso, por ejemplo, de que Panamá tuvo una mejor presentación en Río 2016 en comparación con Londres 2012, donde tampoco hubo preseas.
Señores, con estos confetis, a engañar a otro.
Ya es hora de que el COP acepte la palabra que hoy estremece sus entrañas.









