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ElMundo: Martes 23 de Abril de 2013 5:38 PM
ElMundo: 2013/04/23 05:38pm

Fotógrafo amputado alienta a víctimas de Boston


Por: 

EMILIO MORENATTI

Barcelona/AP

En aquellos horribles momentos justo después de la explosión de Boston, mientras el humo de la deflagración cubría aun a las víctimas, pude imaginar la mente de aquellas personas que quedaron mutiladas para siempre. 
  Están a la vez conscientes e inconscientes. Desean gritar pero no pueden hacerlo. Desean despertar de una pesadilla, pero están despiertos. 
  Abrumado por una sensación de algo que ya he vivido antes, siento que mi pasado converge con el futuro de esos espectadores heridos. 


  Perdí una pierna por la explosión de una bomba. Conozco bien que significa comenzar bien un día y terminarlo con una amputación, la nebulosa de la morfina tras la operación, los meses de la dolorosa rehabilitación. 
  Conozco bien el sufrimiento que le espera a esa gente de Boston, pero también conozco las posibilidades que tienen por delante. 
  La vida de aquellos que perdieron alguna extremidad en el Maraton de Boston el lunes 15 de Abril de 2013 cambiara inevitablemente para siempre. 
 


  La mía cambió el martes 11 de agosto del 2009. Llevaba dos semanas cubriendo la guerra incorporado con los militares estadounidenses en el sur de Afganistán como fotógrafo de la Associated Press, y ocurrió justo en mi último día de patrulla antes de regresar a casa. Había sido un día largo patrullando el desierto de la provincia de Kandahar, me sentía agotado y somnoliento cuando el vehículo en el que viajaba, un Stryker blindado de ocho ruedas, fue sacudido por la tremenda explosión de una bomba que me dejó inconsciente. 
  Cuando recobré el conocimiento y traté de levantarme de entre la chatarra de aquel blindado, mi pie izquierdo colgaba de unos cuantos tendones. Sentí un dolor brutal, como una descarga eléctrica que comenzaba desde mi pierna y recorría el resto de mi cuerpo. Caí de nuevo al suelo del vehículo que había quedado volcado, pensé en mi esposa y luché por mantenerme vivo. 
  Finalmente un soldado me ató un torniquete en el muslo para cortar la hemorragia. 
  En mis años como reportero gráfico, he tomado fotos de soldados heridos, de víctimas civiles en explosiones provocadas por ataques suicidas y evacuaciones médicas en pleno conflicto en lugares como Afganistán, Pakistán y en Oriente Medio, sin embargo esta vez era yo el herido rescatado de aquel infierno y trasladado junto a otros soldados junto al camarografo del APTN, Andi Jatmiko. 
  Me subieron a un helicóptero junto a un soldado que había perdido las dos piernas y mientras el helicóptero despegaba nos cogimos fuertemente las manos. La solidaridad de ese instante es lo último que recuerdo antes de despertarme en un hospital de campaña y descubrir que me habían amputado la pierna izquierda. No había otra opción me dijeron los médicos. El hueso y los tejidos habían quedado destrozados por la metralla aunque afortunadamente mi rodilla estaba intacta, eso marcaría una diferencia de movilidad sustancial. 
  --- 
  Dolorido y cansado, tumbado en una cama de hospital de campaña apenas encontraba consuelo. Tenía tantas preguntas sobre cómo sería mi vida a partir de ahora que preferí dormir en vez de pensar en lo incierto de mi futuro. 
  La diferencia entre aquéllos que perdieron alguna extremidad en Boston y yo, es que yo conocía el riesgo que corría en una zona de guerra y lo asumí voluntariamente, mientras que aquellas personas disfrutaban de un día de fiesta animando a sus amigos y parientes en un evento deportivo familiar. 
  Ellos no debían estar expuestos a peligro alguno. 
  Como fotógrafo he intentado siempre documentar las calamidades de la vida diaria de los civiles bajo el fuego y los soldados en el frente de combate y hasta el día que resulté herido me consideraba casi inmortal. Apenas nada me había sucedido en docenas de patrullas previas incorporado con los militares en terrenos hostiles. Y aunque sabía que estaba jugando a una especie de ruleta rusa, me decía a mí mismo que todos los días hay accidentes automovilísticos y la mayoría de las personas no dejan de conducir debido a eso. 
  Durante meses, después de la explosión, me torturaba con preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Qué habría pasado si en lugar de salir con la patrulla me hubiera quedado a hacer las maletas en la base? ¿Y si me hubiera sentado un poco más a la derecha? ¿A la izquierda, tal vez? Quizá la metralla no habría alcanzado mi pierna o, a lo mejor, habría perdido las dos piernas, como le pasó al marine que viajaba a mi lado. 
  Imagino que las víctimas de Boston, cuyos cuerpos quedaron mutilados por la metralla y los clavos, tienen pensamientos similares: ¿Por qué no paré de correr en la milla 25, fui por agua, tomé antes la salida o, simplemente, me quedé en casa? Quiero decirles que esos interrogantes se van desvaneciendo conforme se comienza a aceptar la realidad de perder una extremidad. 
  La morfina que me daban para aliviar el dolor de la amputación me dejaba sin fuerza. Quería que me retiraran el tratamiento lo antes posible. Dedicar toda mi energía a la recuperación y poder caminar. Soy ciudadano español, no estadounidense, y tuve suerte de que la AP obrara milagros burocráticos para ser admitido en el Centro Médico Nacional Walter Reed, uno de los mejores hospitales de rehabilitación del mundo. 


  En Afganistán había visitado el centro de rehabilitación de la Cruz Roja en Kabul, que estaba considerado como uno los mejores del país. El hospital era de los pocos que ofrecía prótesis a los pacientes, entre ellos niños, que habían sido víctimas de minas olvidadas en áreas rurales. 
  Sería un disparate comparar el Walter Reed con el centro de la Cruz Roja en Kabul. Sería como comparar el día y la noche. Sin embargo, nunca dejé de pensar en aquellos pacientes afganos y su coraje a la hora de afrontar el proceso de rehabilitación en un lugar que no resistiría un solo control sanitario en cualquier país occidental. 
  Entonces, me di cuenta de la suerte que tenía de estar en el Walter Reed y de cómo ese lugar de nacimiento que ninguno elegimos puede determinar el destino de las personas. 
  Tenía 40 años, era ágil y me encontraba en buena forma física, porque hacía ejercicio regularmente y por mi trabajo como fotógrafo en terrenos escarpados y de difícil acceso. Incluso solía correr en Kabul, la capital afgana, cuando vivía ahí. Así que un mes después de la explosión, me entregué en cuerpo y alma a la rehabilitación. Aunque las heridas seguían frescas, me coloqué la prótesis y empecé dar mis primeros pasos. 
  Pero en absoluto estaba preparado para las dificultades. 
  Me llevó un tremendo esfuerzo aprender a caminar de nuevo. La práctica era esencial, pero el ejercicio abría mis cicatrices y levantaba dolorosas ampollas en la parte en que la prótesis se unía con mi pierna debido al rozamiento. 


  Estaba frustrado. Me sentía inútil e invalido los días en los que no podía hacer ejercicio, a la espera de que mis ampollas reventaran y se secaran. Entonces podía colocarme la prótesis de nuevo y esforzarme al límite hasta que la piel volviera a romperse. 
  En las primeras semanas, sólo podía dar unos cuantos pasos. Me costaba más de una hora caminar 1.600 metros (una milla). Hacía bicicleta estática, corría en la cinta de gimnasio y levantaba pesas. Mes a mes, aumenté mi velocidad, hasta que finalmente pude caminar unos 4 kilómetros (2 millas y media) desde mi casa alquilada hasta el hospital en 25 minutos. 
  Si los heridos de Boston me preguntaran qué fue lo más difícil, si la recuperación física o la psicológica, les diría que van de la mano. 
  En un primer momento, pensé que sería suficiente recuperarse físicamente. Que volver a caminar y trabajar, produciría una lógica recuperación psicológica. 
  Estaba equivocado. 
  La fortaleza de los soldados heridos en el Walter Reed me ayudó considerablemente. Aunque muchas de su heridas eran peores que las mías, nunca les escuché quejarse de dolor o sentir lástima de sí mismos. 

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