Se supone que yo debería publicar mi crítica a las coberturas de las actividades por fiestas patrias, pero usted lo vio y no se lo tengo que decir yo; eso fue pan de lo mismo.
Nada nuevo. Las mismas zonas comunes, la misma información, uno que otro arlequín nuevo este año en pantalla, la utilización de los espacios de la transmisión de los desfiles para tocar temas que no tienen que ver con las fiestas (esto es debatible) y una demostración burda de figureo por parte de algunos de los talentos que desde los diferentes puntos dizque narraban los desfiles.
De eso, aplaudo mucho el trabajo de los historiadores y especialistas que invitaron los canales de televisión que siempre dan la cara por ellos, por lo demás, fue lo mismo que años anteriores y ninguna pantalla resaltó sobre otra. Todos en su zona de confort, en su zona común.
Pero para ser justo, no hay que ser experto ni gurú de nada para darse cuenta de que es muy poco lo que en producción se puede hacer para este tipo de coberturas donde la única diferencia son los uniformes, los colegios y lo que toquen las bandas. Ahí, lo que diferenciaría una cobertura de otra serían las notas de color que se inserten a lo largo de la transmisión y/o los reportajes que sobre las fechas o los colegios se presenten y de eso estuvimos más que huérfanos como también lo estamos de buenas campañas institucionales sobre el mes de la patria por parte de las televisoras. En eso están en deuda. De las que hay, -muy pobres la mayoría- la de TVN es la mejor.
De lo que sí no estuvimos huérfanos fue del figureo de algunos talentos de televisión y reporteros de otros medios que, en lo que yo considero, una suprema estupidez, se dedicaron en estas fiestas a pedirle a autoridades, políticos y politiqueros de antes y de ahora - tomarse fotos con ellos para subirlas a sus redes sociales.
Yo honestamente desconozco en qué escuela estudiaron periodismo algunos, quiénes fueron sus profesores y, lo que es peor, si se fugaron a las clases de ética periodística, pero en todas las universidades en las que estudié, mis maestros, entre ese el respetado Agustín Del Rosario, nos enseñaba que el periodista mantiene siempre distancia entre él y sus fuentes y que su relación, por lo menos cuando ejerce como periodista en una asignación, era de fuente-reportero, ya sea estando frente a cámara o no, porque no hacerlo así, envían un pésimo mensaje a sus audiencias. Imagínese si así era en tiempos donde no habían redes sociales, qué se puede esperar ahora donde los equipos móviles se han convertidos en perseguidores perversos o armas de alto calibre, donde cualquiera se cree reportero-periodista y donde las redes sociales parece espacios para reuniones de antisociales.
En estas fiestas patrias quedé patidifuso cuando veía con estos ojos que donaré al morirme- cómo algunos periodistas al igual que con el gobierno anterior- corrían en búsqueda de la foto con el ministro y después la subían a sus redes sociales sin reparo alguno. ¿Qué clase de periodista serio hace eso? ¿Qué clase de comunicador que se jacte dizque de objetivo, imparcial o independiente hace eso?
Y es que hay una gran diferencia entre que un político o politiquero suba en sus redes sociales unas fotografías de una entrevista (que eso es igual de nefasto o peor, pero no lo hizo el periodista) y otra, muy diferente, que alguien que se llame periodista lo haga o se tome fotos con una autoridad-fuente, sea quien sea. Eso envía un pésimo mensaje y más en estos tiempos en que parece nadie cree en nadie. Aquí el periodista ya se pasa, sin asco alguno, de profesional a fanático y ya hasta parece que a copartidario. ¡Qué pena!
Y no se equivoque. No estoy diciendo que el periodista debe ser enemigo de la fuente o de las autoridades. ¡No! Estoy diciendo que el periodista es periodista. Punto. Un periodista serio mantiene distancia cuando ejerce en una cobertura y siempre en su trabajo, independientemente de la plataforma en la que ejerza, de la fuente que cubre, de los amigos políticos, autoridades o politiqueros que tenga.
Revuelvo la mirada y a veces siento espanto. ¡Qué vergüenza!
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