Cada día son más los que se acercan por un plato de comida caliente al comedor de Los Piletones, en un asentamiento precario de Buenos Aires, incluso gente que tiene trabajo, pero no les alcanza, asegura su fundadora, Margarita Barrientos, quien ve a Argentina a las puertas de otra crisis.
Algunos hombres y muchas mujeres, acompañadas de niños de todas las edades, se sientan al mediodía en las largas mesas de madera del comedor comunitario y hacen desaparecer en un abrir y cerrar de ojos el guiso de patatas, carne y arroz que las voluntarias ponen frente a ellos.
Otros hacen fila en la puerta con fiambreras, ollas y bolsas, que entregan al personal del comedor y les son devueltas colmadas con el mismo menú junto a envases de leche para los bebés.
Vengo desde hace tres meses porque la plata que junta mi marido ya no nos alcanza, admite María, de origen boliviano y madre de tres hijos.
Los alimentos están cada día más caros. Una vecina empezó a venir por lo mismo cuando empezó el año y yo al final me decidí también, agrega mientras comparte el plato con Nico, su bebé de año y medio, que todavía no va a la escuela, como sus hermanos.









