El padre Jorge Ortiz-Garay en la Iglesia de Santa Brígida en Nueva York. Foto/Diócesis de Brooklyn vía The New York Times
El padre Jorge Ortiz-Garay en la Iglesia de Santa Brígida en Nueva York. Foto/Diócesis de Brooklyn vía The New York Times
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Viernes 03 de abril de 2020 04:30 PM

NUEVA YORK — El padre Jorge Ortiz-Garay no quería que sus feligreses tuvieran miedo.

El mundo que nos rodea está en crisis, dijo mientras celebraba la misa en la iglesia de Santa Brígida en Brooklyn el 19 de marzo, las bancas vacías y su grey mirando en casa a través de una transmisión en vivo. Pero tal vez el coronavirus, y el miedo que ha traído, pueda ser visto como una oportunidad para acercarse más a Dios.

“No hay mejor momento que esta época de tribulaciones, este tiempo de desafíos, para cumplir con nuestro llamado a la santidad”, dijo Ortiz-Garay. “En estos momentos de dificultad y crisis, en estos momentos en los que quizá nos preguntamos qué será de nosotros, confiemos en el Padre”.

Aseguró a sus feligreses que gozaba de buena salud.

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Pero ocho días después, Ortiz-Garay murió en el Centro Médico del Hospital Wyckoff en Brooklyn. Tenía 49 años.

Fue el primer sacerdote católico en morir de coronavirus en Estados Unidos del que se tenga conocimiento, según la Diócesis de Brooklyn, la cual informó que otros dos de sus sacerdotes también habían dado positivo.

La muerte de Ortiz-Garay el viernes marcó un sombrío hito para la Iglesia católica romana, aquella institución tan ritualística cuyas sagradas y elaboradas tradiciones han sido completamente perturbadas por la pandemia. Sus ritos fundamentales, incluyendo la congregación para el culto, se han fracturado por el aislamiento y el distanciamiento social que se han impuesto.

Ahora, dicen los dolientes, están doblemente afligidos por la pérdida de un líder de la Iglesia y por la incapacidad de reunirse y compartir los reconfortantes rituales del duelo compartido.

Las restricciones a las reuniones públicas, y el hecho de que la Diócesis de Brooklyn canceló todas las misas y cerró todas las iglesias y rectorías el mes pasado, implican que no se celebrará ninguna misa pública de funeral para Ortiz-Garay en el futuro próximo.

Elimelec Soriano, un laico que ayudaba a Ortiz-Garay a organizar eventos para la comunidad mexicana, dijo que había recibido raudales de llamadas de feligreses afligidos de todo Brooklyn y Queens.

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“La gente sigue diciendo: ‘Tenemos que hacer algo por él’, y yo sigo diciéndoles: ‘Lo haremos, lo haremos; solo tenemos que rezar para que este virus desaparezca primero y las cosas vuelvan a la normalidad’”, contó Soriano.

Ortiz-Garay pasó los últimos años de su vida en Santa Brígida, una parroquia en un área de clase trabajadora en la periferia de Bushwick, uno de los barrios de Brooklyn que se ha gentrificado más rápidamente. La iglesia celebra la mitad de sus misas de fin de semana en español.

El padre era respetado por su trabajo en el acercamiento de la Iglesia a los inmigrantes latinos en Brooklyn, particularmente a los que venían de México, como él lo hizo cuando era joven.

El lunes, la representante Nydia Velázquez, una demócrata cuyo distrito incluye a Bushwick, elogió a Ortiz-Garay en una declaración por “consolar a los necesitados y a la vez potenciar los derechos y las oportunidades de nuestra comunidad inmigrante”.

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“Es particularmente difícil para nosotros perder un pilar comunitario como él en estos tiempos difíciles”, dijo. “Ojalá todos saquemos fuerza de su memoria y tratemos de cuidarnos unos a otros, sobre todo a los vulnerables, como él lo hizo toda su vida”.

La muerte de Ortiz-Garay puso de relieve una tendencia preocupante que ha surgido en Nueva York, donde la información publicada por la ciudad indica que los barrios más pobres de Brooklyn, Queens y el sur del Bronx tienen la mayor proporción de resultados positivos en las pruebas de coronavirus de la ciudad.

“Todo sucedió tan rápido”, dijo el padre Joseph Dutan, un joven sacerdote de Santa Brígida que estuvo al lado de Ortiz-Garay en la misa de ese día.

Según la ciudad, Brooklyn y Queens albergan al 59 por ciento de las personas diagnosticadas con COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus, y el 53 por ciento de las personas que han muerto a causa de esta vivían en esos distritos.

“Mucha gente aquí tiene empleos que no se pueden realizar desde casa con una computadora”, dijo el padre Vincenzo Cardilicchia, un párroco de Bushwick que era amigo de Ortiz-Garay.

“La gente aquí vive una encima de la otra. Esto no es Long Island o Staten Island o Nueva Jersey, donde tienes mucho espacio y un patio frente a tu casa”.

El camino de Ortiz-Garay hacia Brooklyn fue sinuoso. Procedente de una familia acaudalada de Ciudad de México, era abogado y estaba comprometido para casarse cuando sintió el llamado al sacerdocio.

Dejó a su prometida y su práctica legal, y estudió primero en Italia, luego en un seminario en Newark, Nueva Jersey, para convertirse en sacerdote en 2004.

En 2014, se trasladó a Santa Brígida, una parroquia que había sido en gran parte irlandesa e italiana hasta principios de los años noventa, pero hoy en día atrae a feligreses con raíces de toda América Latina.

“Es muy ecuatoriana, mexicana y dominicana, y un poco puertorriqueña y colombiana y salvadoreña y nicaragüense también”, dijo Dutan. “Tiene un poco de toda Sudamérica. Tenemos feligreses de todas partes aquí”.

Ortiz-Garay comenzó a sentirse mal poco después de la misa del 19 de marzo, pero no le dio mucha importancia, dijo Dutan. Sufría de bronquitis crónica, pero era relativamente joven, y no pareció inusual que desarrollara tos.

Pero entonces su fiebre subió y no bajaba, y el pasado lunes por la noche llamó al joven sacerdote que vivía un piso arriba en la misma rectoría. ¿Podría Dutan llevarlo al hospital?

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“Se estaba quedando sin aliento. Dijo: ‘No me siento bien; tengo que ir al hospital’”, recordó Dutan, que rápidamente llamó a una ambulancia. Vio cómo los socorristas se llevaron a Ortiz-Garay, y luego le dijeron suavemente que no podía acompañarlo. “Esa fue la última vez que lo vi”.

Pero no fue la última vez que supo de Ortiz-Garay. El sacerdote enfermo continuó enviando mensajes a sus amigos desde el interior del hospital. La noche antes de morir, le envió un mensaje a Dutan para pedirle sus oraciones.

“Le dije: ‘No, padre, tiene que luchar’”, continuó Dutan. “Me dijo: ‘No te preocupes; estoy feliz. No estoy asustado porque sé que el Señor está conmigo’. Esas fueron sus últimas palabras para mí. Fueron muy reconfortantes”.

 

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