Una vez por semana, las abuelas de Kibera salen de sus chabolas, se desentienden de sus nietos y dejan sus puestos de venta callejera para aprender defensa personal, una herramienta que ha permitido reducir las violaciones en esa y otras favelas de Nairobi.
Llegar a ser una shosho (abuela, en el dialecto local kikuyu) en los barrios chabolistas de la capital keniana es difícil no solo por la barrera que marca la esperanza de vida -de casi 50 años-, sino porque son presa fácil y segura para los violadores.
Muchos piensan que al tener relaciones con ellas no contraerán el virus del sida, que se estima infecta a una de cada cinco personas (unas 200,000) en Kibera, un bosque de uralita y plástico que se ha convertido en el mayor poblado chabolista de África.
Estas mujeres, por su género y edad, están en lo más bajo del escalafón social, de modo que los grupos de jóvenes que suelen asaltarlas no temen represalias por parte de sus familias.









