Su inocente paseo del mes pasado no parecía un preludio de nada, pero las señales de claustrofobia de Barack Obama se han multiplicado desde entonces, con escapadas cada vez más frecuentes que denotan su cansancio de la estricta rutina de ser presidente de EE.UU.
Que uno de los hombres más poderosos del mundo se compare con un oso de circo deseoso de librarse de sus cadenas puede resultar sorprendente, pero después de más de cinco años sometido a la esclavitud de las agendas y las escoltas, Obama parece tener una sed cada vez mayor de aire libre y, sobre todo, de espontaneidad.
¡El oso está suelto!, proclamó el mandatario durante un imprevisto paseo a pie por los alrededores de la Casa Blanca a finales de mayo. La frase la repitió el pasado lunes, cuando caminó hasta un céntrico Starbucks para buscar un té junto a su jefe de gabinete, Denis McDonough, sin avisar al grupo de periodistas que sigue cada uno de sus movimientos y desconcertando incluso a algunos de sus asistentes, que intentaban sin éxito averiguar hacia dónde iba. El martes, fue el apetito por una hamburguesa lo que le llevó a saltarse la agenda para escaparse junto al secretario de Educación, Arne Duncan, a un restaurante de las afueras de la capital.
Según el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, lo que lleva a Obama a querer escapar son los mismos instintos que siente cualquier persona, la necesidad de salir.









