"Tenga señora unas chabelitas. No hay blancas, na más rosadas. Ellas crecen silvestres en la playa".
La señora traía dos ramitas llenas de flores color rosa y se las entregó a mi madre, allá en la playa de Farallón, nombre que ahora nadie parece recordar y solo nombran el hotel que opera en esa sencilla y pintoresca población de Río Hato, donde pasé muchos días felices durante mi niñez y adolescencia.
Ella era una mujer menudita que nos dio la bienvenida en el ocaso del pasado 3 de enero cuando me fui a la playa con mis hermanas, mi madre, mi hija, mi nieto y mis sobrinas.





