Una vez el emperador iba cabalgando por las calles de Estambul, rodeado de cortesanos y soldados. Todos los habitantes de la ciudad habían salido de sus casas para verle. Al pasar, todo el mundo le hacía una reverencia. Todos menos un derviche harapiento.
El emperador detuvo la procesión e hizo que trajeran al monje ante él. Exigió saber por qué no se había inclinado como los demás.
El hombre contestó:





