Esta columna parecerá extemporánea porque trata sobre el uso del vestido típico nacional, que el pasado 12 de enero fue el gran protagonista del Desfile de Las Mil Polleras.
Debo informarles que en los años 80, cuando laboraba en el IDAAN y cada institución tenía su respectivo conjunto folklórico, me correspondió organizar el de esa entidad, bajo la dirección de la reconocida folklorista Nora H. de Testa.
Esos años fueron de aprendizaje constante sobre nuestros bailes, costumbres, tradiciones, vestuarios y accesorios.
No en vano Norma de Testa es científica y docente de profesión, lo que la impulsa siempre a ser muy didáctica y estricta con el uso de cada pieza y el modo de ejecutar la danza.
Por eso quedé anonadada con lo que observé durante el desfile.
En primer lugar, los tembleques. Yo no sé quién les ha dicho a las personas que visten a nuestras panameñas con el traje típico más lindo que existe, que ellas se ven bien con esa cantidad incontable que les ponen en la cabeza.
La idea es que se luzca el rostro de nuestras mujeres y que los motivos de los tembleques se puedan apreciar. También es importante que se vean las peinetas. Eso es misión imposible hoy día y las empolleradas parecen extraterrestres, pues sus cabezas se ven tan exageradas con relación a sus cuerpos como la de ET, el personaje perdido en la Tierra en el clásico del cine de Steven Spielberg.
Pero los hombres fueron los que más me llamaron la atención.
Ojo, el folklor es cambiante, porque las costumbres cambian. Pero aún no asimilo ver camisillas, que llevan un trabajo tan elaborado con sus alforzas, ahora con talco al sol o en sombra, caladas y bordadas. No sé de dónde salió esto, pero me gustaría conocer la opinión de la Comisión Nacional de Folklor, que un día presidió el exdirector de Crítica, el siempre recordado Toño Díaz (q.e.p.d.).
Bueno sería que se manifestara antes de que comencemos a introducirle a nuestro traje nacional, elementos de otros países y nuestros nietos crean que eso representa nuestro foklor.









