Carta al hijo de una madre cualquiera:
Querido hijo: Soy la peor madre del mundo, la menos sublime, la menos comprensiva, la menos abnegada y la menos sacrificada.
Jamás se me ha pasado por la mente darte algo sin recibir nada a cambio.
Siempre te he guiado para que seas un buen ser humano, feliz, que hagas siempre lo correcto, que jamás les hagas daño a los demás, que ames a tu prójimo, que estudies, que seas hoy un hijo obediente y bueno, y mañana un hombre a carta cabal y un excelente profesional y, sobre todas las cosas, que tengas siempre a Dios en tu corazón.
En pocas palabras, que estés preparado emocional, física, espiritual y profesionalmente, para que sepas afrontar lo bueno y lo malo que la vida traiga consigo.
Todo eso lo alcanzarías armado con lo que tu padre, el resto de la familia y yo te hemos enseñado. Y cada vez que te hemos transmitido nuestros conocimientos, consejos, regaños y buenos deseos, yo lo he hecho pensando en recibir algo a cambio: la satisfacción de verte hecho un hombre feliz, con un alma buena y con fe en ti y en la humanidad.
Por eso te digo que, muy en el fondo, no soy buena madre. Al fin y al cabo, todo lo he hecho pensando en ver mi pecho henchido de orgullo cuando tú logres tus metas, una tras otra.
Pero me he olvidado de que el quid del asunto es lo que tú quieres para ti, no lo que quiero yo. Es tu vida y eres tú quien tiene que elegir cómo quieres vivirla.
¿Te das cuenta por qué digo que soy una mala madre? Todo este tiempo he pensado en darte lo que yo creo que es mejor para ti. Pero he sido terriblemente egocéntrica. No se trata de mí, sino de ti.
Perdóname hijo, porque siempre pensé que si yo te daba todo, incluida mi vida, eso garantizaría que tú lo valoraras y actuaras en consecuencia, es decir, como a mí me hubiera gustado. Perdón, de aquí en adelante pensaré más en ti y mucho menos en mí. Te quiere, tu madre.









