S iempre detesté el árbol de guayaba que estaba al lado de la casa de mi primera infancia, en David, Chiriquí.
No, no, no me malinterpreten los ecologistas. Yo soy defensora de la naturaleza, pero comprendan que en aquel tiempo tenía entre cinco y y seis años de edad.
Resulta que cada vez que hacía una travesura, mi madre, siempre vigilante, iba al bendito palo y cogía una ramita, le sacaba cada hoja y la dejaba peladita.
Acto seguido, comenzaba a darme rejazos en sílaba. Te-di-je-que-no-hi-cie- ras-eso. Con cada sílaba, la ramita me picaba en las piernas.
Recuerdo especialmente un día en que mis primos, que me llevaban unos años, y yo haríamos un reinado y pasearíamos a una de nuestras primas en una carretilla de construcción. La habíamos adornado con papos y hojas.
Pero ese día, mi mamá había planeado hacer una pesada, para lo cual una prima y un amigo de la familia habían llevado una bangañá de nances de los grandotes. Yo vi dónde la puso mi madre y esos benditos nances no se me quitaron de la cabeza en todo el día.
Ella dormía siempre una siesta entre una y dos de la tarde. Yo me busqué una cómplice (mi hermana, menor que yo) y corrimos la mesa del comedor, subimos un banco y nos trepamos para alcanzar los nances que estaban en lo más alto de la alacena.
Comimos una y otra vez, pero cuidando, según nosotros, de que no se notara.
Cuando mi mamá se despertó, llegó mi prima, bajaron los nances y... ¡Betty...! (así me llama mi familia), ¿quién se goloseó los nances?, gritó mi mamá.
Mi hermana y yo quedamos paralizadas, lívidas. Solo vimos, como en una película, cuando mami fue al dichoso palo de guayaba, cortaba una ramita y la peló.
¡Zas, zas, zas!... nos pegaron, pero lo peor fue que nos castigaron y no nos dejaban ir al reinado. Una tía nos salvó y paseamos con la reina, eso sí, con la piernas marcadas por la famosa ramita.
¡Nunca más volví a golosear!









