Con la llegada de los primeros rayos del sol, la Cinta Costera es testigo de los cientos de personas que ejercitan sus cuerpos, algunos a pie, otros en bicicleta o patines.
Pero esta maravilla de la construcción se ve empañada por la falta de cultura de algunos panameños que lanzan basura, la que se acumula en sus alrededores haciendo del lugar un criadero de ratas, misión que el Ministerio de Salud Minsa toma en serio, pues ha hecho varias fumigaciones.
A los visitantes parece no hacerles efecto el intenso sol, pues con gafas, sombreros y cómodos zapatos pasean de esquina a esquina el sitio.
El juegavivo se deja ver en los estacionamientos del lugar, porque los utilizan más quienes trabajan cerca de allí, que los visitantes.
Son las 12:30 p.m. y hace calor, por eso el raspado es el favorito de grandes y chicos, pero no solo quita el calor, sino que deja el bolsillo limpio, ya que su costo en esta área no baja de $1.00.
Con las visitas de los chiquillos, los vendedores informales aprovechan y ofertan todo tipo de productos que son comprados por los padres para evitar berrinches de los niños.
Las parejas que llegan al lugar, al sentir los 31 grados de temperatura, se refugian debajo de las palmeras, donde descansan, comen y toman algo de agua.
El final del recorrido siempre termina en el Mercado de Mariscos, donde comer y beber un rato es otra opción para algunos extranjeros, pues el panameño solo va los fines de semana.
La expansión de la Cinta Costera pasaría por Costa del Este, y cuando llegue al área de los manglares se plantea colocar pilotes.
La Cinta Costera es una extensión de 26 hectáreas ganadas al mar, que se ha convertido en una de las principales vías del país.









