El arzobispo de San Salvador, nunca se borró de las mentes de sus compatriotas, en los que despertó una admiración.
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San Salvador/ACAN-EFE -
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Sábado 19 de mayo de 2018 08:45 AM
Monseñor Óscar Arnulfo Romero intuía que sería asesinado, pero sabía que si eso ocurría viviría por siempre en el corazón de los salvadoreños, aunque probablemente nunca imaginó la dimensión real de su premonición ni hasta donde llegaría la admiración de creyentes y ateos.
 
"Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño", expresó el mártir Romero ante sus fieles en febrero de 1980, poco más de un mes antes de ser tiroteado por un escuadrón de la muerte el 24 de marzo del mismo año mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia.
 
Pero Romero, que será canonizado en el Vaticano el próximo 14 de octubre durante el consistorio ordinario, quizás ni siquiera llegó a morir en los corazones de quienes lo conocieron.
 
El arzobispo de San Salvador, nunca se borró de las mentes de sus compatriotas, en los que despertó una admiración eterna que se mantiene generación tras generación.
 
Así lo siente la hermana Bernardita, quien a sus 90 años es la Carmelita más longeva de la región centroamericana, tal y como ella misma narró.
 
Bernardita, nombre que adoptó desde muy joven por su corta estatura y complexión, reside desde hace 10 años en el complejo del Centro Histórico Monseñor Romero, que alberga un hospital, una capilla, una librería religiosa dedicada al mártir y la casa donde vivió el beato durante su estancia en San Salvador.
 
La pequeña vivienda de Óscar Arnulfo Romero, convertida en museo, resguarda sus objetos personales y los pequeños recuerdos del religioso, "esas cosas que él tocó, que usó y que transmiten algo especial cuando uno los mira y los siente", señaló la Carmelita.
 
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Bernardita se lamenta de no haber conocido a monseñor personalmente, ya que cuando San Romero de América, como es nombrado entre los salvadoreños, llegó designado a la capital, ella residía en Estados Unidos, donde había sido enviada por su congregación "a ayudar y cumplir con el mandato de Dios".
 
Tras 20 años viviendo en Norteamérica, la hermana regresó a su tierra natal y desde entonces vive, respira, mira y siente el mismo espacio en el que lo hizo monseñor Romero.
 
"Vivir en donde vivió Romero, caminar por estas calles que él caminó y sentir lo que él sintió, produce una paz, una tranquilidad, una calma indescriptibles", describe Bernardita, y atribuye a la "magia" del sitio el milagro de estar "sana y lúcida" con nueve décadas a sus espaldas.
 
Dentro de la pequeña colonia en la que vivió Romero y, actualmente, Bernardita, se ubica la humilde residencia en la que viven las hermanas carmelitas que se encargan de gestionar y mantener pulcros y en perfecto orden todos los espacios.
 
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La vivienda de monseñor es una estancia reducida y humilde, convertida en un museo que alberga las escasas pertenencias de Romero, entre ellas la cama en la que durmió sus últimos tres años de vida, gafas, libros, un reloj, documentos de identidad, rosarios, algún crucifijo, fotos y otros recuerdos "que no tienen precio".
 
El jardín está presidido por varias imágenes del religioso asesinado y el vehículo en el que Romero se desplazó hasta el momento de su muerte, recuerdos perfectamente conservados.
 
Tal y como narran los visitantes que llegan a recordar a monseñor, "se siente la paz desde el primer momento que se franquea la puerta de entrada" del Centro Histórico Romero, olvidando si uno es creyente o ateo, ya que la admiración por el beato va más allá de la religión.
 
"Hay vida en donde pisó Romero y todos lo sentimos", expresa Bernardita, quien se muestra "inmensamente feliz" por la próxima canonización del mártir, "porque él siempre fue un santo, nuestro San Romero de América".
 
Bernardita se expresaba de esta forma días antes de que el papa Francisco anunciara este sábado que Romero será canonizado el 14 de octubre de este año junto a Pablo VI. 
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