No pueden llegar ni un minuto tarde, pues pierden su turno de placer con su pareja; esa es una regla estricta de las visitas conyugales en todas las cárceles.
Al llegar al lugar, la vergüenza debe dejarse a un lado, ya que las parejas son revisadas de forma exhaustiva para descartar que no llevan nada que puedan entregar al detenido y que le sirva de herramienta de escape.





