El cantautor panameño habló de todo un poco en una entrevista para el medio El Salto, de Madrid.
Rubén Blades
Rubén Blades
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Lunes 05 de noviembre de 2018 06:00 AM

Todo el mundo se pelea una entrevista con Rubén Blades, no solo en Panamá, su tierra natal, sino también en otros países. El Salto, diario madrileño logró una con el "Maestro de la salsa" y fue muy buena.

El esposo de Luba Mason habló de todo un poco. Desde que las mujeres siempre viven en su repertorio, pasando por la política, la música, hasta de la corrupción. ¡Ajá!

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¿Te sientes bien retratado en la etiqueta de ‘poeta de la salsa’ con la que se te ha catalogado, debido a tu habilidad para devolver al pueblo con armonía, palabras y musicalidad lo que este te aporta?

Soy un escritor, un cronista de la urbe y de su gente, que musicaliza sus escritos. No sé qué piensa el resto.

¿En qué escritores o poetas latinoamericanos, contemporáneos o más antiguos, existe una mayor musicalidad y son, por consiguiente, más fáciles de adaptar?
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No tengo idea. No adapto a otros escritores, ni planeo hacerlo.

¿Te has planteado adoptar a la salsa poemas o escritos de cantautores latinoamericanos como Violeta Parra, Carlos Puebla, Chabuca Granda o Víctor Jara?

No. No es necesario que lo haga.

Muchos conocen tu repertorio como solista, pero quizá no tantos estén al tanto de tus comienzos como repartidor para el sello Fania Records, periodo en el que hacías coros cuando te dejaban y componías para figuras del sello, como Héctor Lavoe —su clásico “El cantante” es de tu autoría—, Roberto Roena, Ismael Miranda o Bobby Rodríguez, entre otros. ¿Cuál fue el aprendizaje más valioso que recibiste de aquel periodo de tu vida como “meritorio” de Fania?

Mi aprendizaje más valioso no lo obtuve por la Fania. Si a lo que se refiere es a mi experiencia en Nueva York, le diré que, como inmigrante, allí aprendí a trabajar bajo las condiciones más difíciles posibles y a cómo hacerlo con calidad.

Tu repertorio musical se encuentra plagado de referencias a mujeres como Paula C., Manuela, María Lionza, Madame Kalalú, Ligia Elena, Laura Farina, Isabel o Juana Mayo. ¿Hasta qué punto te han ayudado las distintas mujeres que han pasado por tu vida a expresar tu personalidad, la creatividad que había en ti?

La mujer siempre ha sido y será parte esencial de toda persona. Nos paren y crían, nos influyen y educan. No veo cómo pueda ser desatendida esa realidad, menos por un escritor de crónicas urbanas latinoamericanas.

Has reconocido que “nuestros actuales problemas no han sido creados exclusivamente por el Estado y su corrupción, mediocridad e ineficacia; también por nosotros, los asociados”. Habida cuenta de nuestra corresponsabilidad en el mundo que habitamos, ¿qué podemos hacer en las circunstancias actuales o en qué medida podemos intervenir en la vida pública para generar un marco propicio a las mayorías sociales?

El artista es un ser humano, un ciudadano, que se ve perjudicado o beneficiado por la administración del entorno en el cual vive. Es absurdo argumentar que, por ser artista, no tiene derechos, ni obligaciones civiles. En cuanto a la corrupción, no te compran si no te vendes. La aceptación de la corrupción te hace su cómplice.

Al haber podido ejercer como servidor público —de 2004 a 2009 fuiste ministro de Turismo en el Gobierno de Martín Torrijos, en Panamá—, ¿cuál ha sido tu logro más satisfactorio de este periodo, tanto a nivel personal como en lo que se refleja en el día a día de los panameños?

Hice, no me limité al discurso desde la distancia, ni me quedé en la música de propuesta. A ‘Pablo Pueblo’ lo va a mejorar un sistema justo, no una canción. La canción propone, pero el proceso político es el que dispone. Por eso me alegro de no haberme quedado hablando pendejadas y haber dedicado cinco años de mi vida al servicio público en Panamá. No hice giras, ni películas, ni gané Grammys, ni hice discos. Recibí el mejor premio posible: el verme la cara en el espejo todos los días y saber que predicaba con el ejemplo de la acción, no solo del intelecto. El premio de contribuir a mejorar honestamente la posibilidad de tu país y de tu pueblo desde ese servicio no tiene precio. La experiencia me hizo menos egoísta, mejor ser humano, mejor panameño. Creo en lo que escribo. Eso es invaluable para mí. Y me probó que el poder no corrompe: desenmascara. Tuve acceso a ese poder y salí de él sin utilizarlo para mi beneficio o el de los corruptos.

¿Te fue posible terminar con las coimas [sobornos] y la corrupción, como era tu propósito inicial?

Nadie va a mágicamente terminar con las coimas y con los corruptos. Podemos limitar la posibilidad de la corrupción y sus accesos, castigarla fuertemente para desanimar su existencia, evitar la impunidad del corrupto; eso podemos. Mi propósito inicial fue crear un plan a largo plazo para el desarrollo del turismo en Panamá, crear la primera ley de turismo en Panamá, dejar su ingreso superior a cuando lo encontré, crear un nuevo programa de publicidad turística a cinco años y no anual como existía cuando llegué al puesto, salir del lugar donde estaban ubicadas las oficinas del entonces llamado IPAT —hoy autoridad de turismo—, disminuir el personal eliminando los puestos y gastos innecesarios. Todo eso fue logrado. Mis cinco años de servicio fueron examinados minuciosamente por la administración nueva y nadie me acusó de ser corrupto.

¿Hasta qué punto es posible maniobrar con cierta libertad como gestor público en un continente sobre el que siempre planea acechante la alargada sombra del imperialismo estadounidense que denunciabas en tu tema “El tiburón”?

El mayor tiburón que existe es el de la corrupción civil y política. Los gringos cada vez se encierran más en ellos mismos. Somos nosotros los que hoy desbaratamos a nuestros países. Daniel Ortega está destruyendo Nicaragua. Nicolás Maduro está destruyendo Venezuela. Cuba ha sido desbaratada desde adentro por un sistema ya rechazado, incluso por quienes lo crearon. La China comunista es hoy más capitalista que los gringos mismos. Fuera de la obvia ventaja que tiene Estados Unidos por su poderío bélico, la ventaja moral debiera ser nuestra mayor fuerza y no existe, por la corrupción y mediocridad de las dirigencias y partidos políticos, y por la aceptación de la corrupción y el clientelismo de la clase popular votante. ¿Hasta cuándo vamos a seguir culpando a los gringos por nuestros problemas? No son marines los que están matando gente en Masaya (Nicaragua): son sicarios al servicio de un gobierno incapaz de actuar eficiente y transparentemente. Fueron miembros de agencias del gobierno los que secuestraron y desaparecieron a 43 personas en Ayotzinapa, todo bajo democracia. La figura del tiburón no son solo los imperialistas, sean gringos, chinos o rusos. Es el tiburón de la maldad, de la corrupción, de la mediocridad, de la impunidad protegida por la coima. Nosotros mismos.

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