Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso, con una gran fe y temeroso de Dios, fue injustamente acusado de un asesinato. El culpable era una persona muy influyente del reino, y por eso desde el primer momento se procuró hallar un chivo expiatorio para encubrirlo.
El hombre fue llevado a juicio y comprendió que tendría escasas oportunidades de escapar a la horca. El juez, aunque también estaba confabulado y de parte del verdadero autor del crimen, se cuidó de mantener todas las apariencias de un juicio justo. Por eso le dijo al acusado:





