Cuando tenía unos seis años, me enamoré de la niña de la sopa. Es decir, una niña pelirroja con dos moñotes de cabello y que tomaba sopa en una cuña de televisión.
Me quería casar con esa pequeña, pero nunca la conocí. El caso es que esa niñita me parecía un bombón perfecto, aunque tal vez no lo era, desde el punto de vista de los missólogos.





