S iempre detesté el árbol de guayaba que estaba al lado de la casa de mi primera infancia, en David, Chiriquí.
No, no, no me malinterpreten los ecologistas. Yo soy defensora de la naturaleza, pero comprendan que en aquel tiempo tenía entre cinco y y seis años de edad.
Resulta que cada vez que hacía una travesura, mi madre, siempre vigilante, iba al bendito palo y cogía una ramita, le sacaba cada hoja y la dejaba peladita.





