Hoy contamos con un mundo de información al alcance de nuestras manos; en la época de nuestros padres y abuelos, tener acceso a la educación era un privilegio.
Día atrás conversaba con Isabel, una mujer de 83 años a quien le duele no haber aprendido a leer y escribir. Con un cuerpo marchito por el tiempo, pero con una mente tan clara como el agua de la tinaja que tanto añora, me contó que en la década de los 30 vivían en un ranchito enclavado en medio de la montaña, donde no imaginaban un mundo distinto al de ellos.





